viernes, 11 de diciembre de 2009

Mariposas y Luciérnagas


Cuando las sintió por primera vez creyó que se estaba muriendo. No podía verlas, pero sabía que eran muchas y que volaban desordenadas y frenéticas por el territorio virgen que comenzaba en su pecho de quinceañera y se extendía hasta las fronteras de su ombligo redondo y perfecto. No había manera de saber cómo eran, pero ella las intuía pequeñas, con alas redondas y breves capaces de hacerle cosquillas justo en el sitio en el que el aire cambiaba de nombre para convertirse en un suspiro. Le dolía respirar y su corazón había emprendido un trote desquiciado que amenazaba con dejarla sin aliento. Sintió que sus piernas huesudas de niña grande querían traicionarla doblándose y cediendo ante esa nueva naturaleza que las había convertido en gelatina de repente. Ahogada y sorprendida ante aquel cuerpo que no reconocía como suyo, intentó apoyarse en una pared y cerró los ojos, pero notó con horror como sus manos delgadas y pecosas apenas la obedecieron, presas de un temblor incontrolable.

Eran las mariposas. Las dichosas mariposas de las que todas su compañeras de curso siempre hablaban y que ella creía un delirio más de jovencitas adictas a las telenovelas y al cine made in Hollywood. No se creía nada de lo que le contaban sus amigas, ni la taquicardia, ni la vista nublada y mucho menos las ganas de llorar sin ninguna razón. “Están locas” -les decía siempre. Pero aquella mañana, cuando el feo del curso de Inglés al que ella miraba de reojo -aunque no lo quisiera admitir- le habló por primera vez para preguntarle si tenía los apuntes de la clase anterior, cada centímetro de su humanidad le hizo entender que aquellos condenados insectos existían de verdad. La voz se le convirtió en una piedra atascada en la garganta, pero al final venció los nervios como pudo y logró articular un “Sí, claro” que fue recibido por el feo con una sonrisa y una invitación a estudiar juntos en la biblioteca al día siguiente.

A partir de aquel momento lo suyo fue una carrera para perseguir a las mariposas. La aterraban y fascinaban en la misma medida. Pasó todo el instituto y buena parte de la universidad coleccionando pretendientes de diferente calaña, por el único placer de sentir a aquellos pequeños seres alados bordándole el vientre con sus besos invisible que por un lado le anudaban el estómago y por el otro le vestían la cara con una sonrisa. Las mariposas se convirtieron en su mayor pasatiempo y aunque eso le trajo muchos problemas -porque ya se sabe que la presencia de estos animalillos no es garantía de bienestar- ella seguía probando una y otra vez, entregándose sin reservas a los efectos de su droga, a pesar de las lágrimas ocasionales con las que a veces tenía que pagar la dosis.

Pasó media vida dedicada a capturar ejemplares de distintos colores, hasta que llegó el día en el que decidió dejar de cazarlas. Llevaba años detrás de ellas, permitiéndoles volar a sus anchas y enredar lo que quisieran, pero se había cansado de tanto sobresalto. Además, descubrió que con el tiempo se hacía cada vez más difícil sentirlas y las últimas veces que se perdió en un beso buscándolas, no sólo notó que eran más lentas que las de siempre sino que su cantidad había bajado considerablemente; apenas unas pocas decenas de criaturas azules agitándose suavemente en donde antes habían volado exaltados miles de pares de alas multicolores. Así que se detuvo. Antes de perder para siempre la capacidad de invocar a las que habían sido sus compañeras durante tantos años, prefirió cuidar con esmero a las que aún sobrevivían y así conservarlas cerca durante el resto de su vida, como un pequeño homenaje a su juventud.

Y así lo hizo. Pero no contaba con que las mariposas son seres de gran belleza, pero también muy efímeros y con hábitos migratorios muy marcados, así que no existe manera posible de conservarlas eternamente vivas y en un solo sitio.

Una mañana de abril se despertó arropada por un abrazo incondicional y se dio cuenta que sus mariposas no estaban, pero que habían sido sustituidas por miles de luciérnagas que la iluminaban por dentro. Sorprendida pero contenta con el cambio y sin muchas pistas sobre cómo cuidar a aquellas nuevas criaturas, se acomodó bien dentro del abrazo y se dejó arropar por aquella luz inesperada que le producía una dulce modorra. Poco a poco fue cayendo en cuenta que el mundo funcionaba de otra manera, que no tenía nada que ver con el arrebato en el que había estado viviendo durante casi toda su vida, sin duda influenciada por la estela de sus mariposas desbocadas, tan diferentes a las luciérnagas que tenían el don de la bioluminiscencia, pero no el de volar. Por primera vez en muchos años bajó la guardia y se durmió, dejando que sus días pasasen como un sueño, en un estado de duermevela constante que le dulcificó el carácter de amazona y le acompasó los deseos.

Hasta que una tarde empezó a notar cómo sus luciérnagas empezaron a desaparecer. Primero fueron disminuyendo la intensidad de su brillo y luego directamente se dejaron morir poco a poco. Entristecida, se lamentaba cada mañana cuando le tocaba deshacerse de aquellos pequeños cadáveres que amanecían flotando en un charco formado por sus propias lágrimas, mientras su cuerpo se iba haciendo cada vez más insensible y frío. Se fue secando y oscureciendo, como si la falta de sus luciérnagas queridas la hubiese raptado la tranquilidad y la esperanza. Desesperada, buscó toda clase de remedios para salvarlas pero la mayoría no respondían a sus trucos de entomóloga aficionada; apenas diez o doce se mantenían vivas, emitiendo una luz tenue e intermitente que no le hacía justicia a la claridad que tantas veces la había deslumbrado en el pasado. No lograba dar con la causa de aquella tragedia y pasó muchas noches en vela mirándolas en silencio, impotente y llena de miedo ante lo que sería de ella sin la protección y guía de aquellos seres que habían decidido suicidarse sin previo aviso. Perdió la capacidad de hablar y se fue quedando sorda, paralizada de angustia pero fingiendo una tranquilidad impasible ante todos los que la rodeaban. Se acostumbró a esa nueva vida vacía, alimentándose de pura memoria, hasta que una noche mientras miraba las estrellas con nostalgia recordando el antiguo brillo de sus luciérnagas, sintió un cosquilleo vagamente familiar justo en el ecuador de su cuerpo, como si un pájaro se le hubiese colado entre las costillas.

Y otra vez creyó que se estaba muriendo. No podía verla, pero sabía que era una sola. La primera de muchas más que volarían desordenadas y frenéticas por el territorio amable que comenzaba en su pecho de mujer adulta y se extendía hasta las fronteras de su ombligo, que seguía siendo redondo aunque no perfecto. No había manera de saber cómo era, pero ella la intuía grande y con unas alas anchas, capaces de hacerle cosquillas justo en el sitio en el que el aire cambiaba de nombre para convertirse en un suspiro. Le dolía respirar y su corazón había emprendido un trote desquiciado que amenazaba con dejarla sin aliento. Sintió que sus piernas aventureras de mujer guerrera querían traicionarla doblándose y cediendo ante esa olvidada naturaleza que las había convertido en gelatina de repente. Ahogada y sorprendida ante aquel cuerpo que no reconocía como suyo, intentó apoyarse en una pared y cerró los ojos, pero notó como sus manos delgadas y pecosas apenas la obedecieron, presas de un temblor incontrolable. Sonrió.

Eran las mariposas. Las benditas mariposas que habían vuelto como un milagro sin que ella las llamara. Estaban vivas.

Y sin lugar a dudas, ella también.


A las valientes, que son muchas. Y también a las que esperan, que son más.

6 comentarios:

Sonia dijo...

Ay Gabriela, las mariposas, ese sentimiento de vida en estado puro que se condensa en un solo punto del cuerpo, medio dolorosas pero a la vez placenteras y que generan adicción. Son mariposas traicioneras que desaparecen siempre, y que al irse te dejan un vacío que cuesta de aceptar. Pero como tú bien dices, muchas veces no es que se vayan, es que se transforman en luciérnagas, que aunque no sean tan vistosas, se encargan de iluminarte por dentro y de darte paz. Éstas luciérnagas, además, suelen vivir más tiempo, si se las cuida y alimenta bien pueden llegar a vivir para siempre. El problema surge cuando uno se empeña en sentir la intensidad de las mariposas y la paz de las luciérnagas, las dos cosas a la vez. ¿Porqué no podremos sentirnos enamorados de por vida? Quizás porque nuestra existencia se convertiría entonces en un caos. El año pasado escribí un relato sobre eso, que igual te gustaría leer:
http://soniaradom.blogspot.com/2009/01/enamorastan.html

Un beso y felicidades porque cada vez me gustan más tus relatos!

Sonia dijo...

Creo que no he creado bien el enlace a mi blog, el relato que te comento está archivado en el mes de enero del 2009 y se llama enamorastan 50 mg. Un beso.

G dijo...

Hola Sonia, acabo de leer tu post sobre el Enamorastan hace un rato y la verdad es que me ha dejado pensando mucho (por cierto, recomiendo a quien lea este comentario y no conozca a Sonia, que se pasen por su blog...hay muchas y gratísimas sorpresas para leer).

Creo que la clave del asunto está en lo que tú dices. No hay quien sea capaz de mantener mariposas y luciérnagas viviendo dentro del mismo sitio, parece que la existencia de unas inmediatamente anula a las otras, son animales tercos y excluyentes...

Estaría bien poder tomar una pastillita como la de tu relato y vivir en un eterno limbo químico que genere este milagro de la entomología y nos procure ese bendito equilibrio. Pero algo me dice que esto es pura utopía ;)

Pomelo dijo...

Hermoso relato Gaby.. (tenía tiempo sin entrar por acá, ya sabes) Haré caso de tu recomendación y leeré a tu amiga Sonia..
Un comentario sobre las mariposas:
Creo que su belleza radica justamente en lo efímero de su existencia.. nos empeñamos en coleccionar objetos para recordar (llámese foto o souvenir) pero lo que realmente se queda pegado e indeleble es lo intangible.. Y así es la proporción, cuanto más efímero, más hondo cala..
?
Cosas de los humanos, somos así...
Besos y gracias

Pomelo dijo...

Pomelo soy yo Gaby, May...

G dijo...

"Mientras más efímero, más hondo cala"... May, con tu permiso, me quedaré esa frase para otro relato ;)

La verdad es que esa fascinación por lo que dura poco es un tema sobre el que siempre se me están ocurriendo ideas, quizás porque me parece sorprendente que seamos capaces de encontrar felicidad en medio de las situaciones más frágiles e incoherentes. Estamos locos, pero aún así ¡vivan las mariposas!.